
El crimen de Yesica Noelia Duarte, asesinada de dos disparos en el patio de su casa en Berisso, no fue un hecho aislado ni impulsivo. Fue la culminación trágica de una cadena de violencia sostenida, adicciones, amenazas y silencios que se acumularon por años. En el centro de esta historia hay una mujer atrapada, un hombre con un historial delictivo, un entorno marcado por la droga y un niño de apenas 7 años que lo vio todo.
La escena fue espeluznante: Duarte, de 33 años, yacía sin vida en el patio, con dos tiros por la espalda y signos de haber sido golpeada en el rostro. A pocos metros, su esposo, Nicolás Castro Oviedo, agonizaba con un disparo en el cuello y otro en el ojo. Intentó suicidarse, pero sobrevivió y permanece internado con diagnóstico reservado.
Ambos cumplían prisión domiciliaria. Ella, por una causa por venta de drogas; él, por antecedentes de robos, portación ilegal de armas y dos homicidios. Apenas un mes atrás, Castro Oviedo había salido de la cárcel y se había instalado en la casa de Duarte, monitoreado con tobillera electrónica. El vínculo, lejos de ser una reconciliación amorosa, parecía una bomba de tiempo.
Los rastros de violencia estaban por todas partes. Tiros en las paredes, muebles revueltos, el arma homicida desaparecida y tres vainas servidas en la escena. La madre del acusado intentó instalar la versión de un intento de robo, pero pronto fue descartada: nada indicaba una intrusión forzada, y los antecedentes de la pareja hacían prever otro tipo de desenlace.
Fue la hija mayor de Duarte quien aportó el testimonio más revelador. Contó que su hermanito, de 7 años, fue testigo directo del crimen: “Nicolás le pegó dos tiros a mamá y después se disparó”, dijo. Además, reveló que su madre sufría violencia de género y que su pareja le daba drogas para que las vendiera. Había tenido episodios previos de agresiones, amenazas y control obsesivo. Ese mismo día, incluso, le habría arañado el cuello para quitarle el celular.

Las publicaciones en redes sociales de Castro Oviedo también daban cuenta de un vínculo posesivo y tóxico. En uno de sus posteos escribía: “Sos mi mujer y sabés que te amo y daría y haría lo que sea por vos”. A los pocos días de salir de prisión, le dedicaba frases que parecían románticas, pero escondían una peligrosa obsesión disfrazada de amor.

La fiscal Ana Medina ya imputó al acusado por homicidio triplemente calificado: por el vínculo, por violencia de género y por el uso de arma de fuego. Será detenido formalmente cuando reciba el alta médica, pero la causa ya está en marcha con el testimonio del niño como pieza clave.
Lo que ocurrió en la casa de la calle 38 entre 129 y 130 no fue una tragedia inesperada. Fue un final anunciado. Un entorno marcado por el delito, la falta de controles reales sobre personas con arresto domiciliario, y la ausencia de intervención estatal efectiva en contextos de violencia familiar.
Hoy, una mujer está muerta, un hombre entre la vida y la muerte, y un niño que cargará con una imagen imborrable. Y como tantas veces, las señales estaban ahí. Solo faltó que alguien las escuchara a tiempo.
