
La situación política de Manuel Adorni entró en una zona de máxima fragilidad y en las últimas horas empezó a tomar fuerza una idea que hasta hace poco parecía lejana: su posible salida del Gobierno. Aunque desde la cúpula libertaria todavía lo sostienen públicamente, el nivel de desgaste que arrastra el funcionario, sumado a la acumulación de denuncias y escándalos, alimentó con fuerza las versiones sobre un final cada vez más cercano.
El malestar creció primero por la polémica en torno al viaje a Nueva York junto a la comitiva presidencial y luego por el vuelo privado a Punta del Este, cuyo financiamiento quedó bajo investigación judicial. A eso se agregaron nuevas acusaciones por supuestas contrataciones irregulares, presuntos beneficios a firmas vinculadas a su entorno y hasta cuestionamientos patrimoniales. El combo dejó a Adorni golpeado en un punto especialmente sensible para el discurso libertario: el de la pelea contra la casta y la corrupción.
En ese contexto, dentro y fuera de la Casa Rosada empezó a acelerarse la danza de nombres para un eventual reemplazo. Entre los dirigentes mencionados aparecen Diego Santilli, Sandra Pettovello, Martín Menem y Pablo Quirno, señal de que, aun sin una decisión oficial, la hipótesis de una salida ya dejó de ser marginal y empezó a instalarse con fuerza en el corazón del poder.
Por ahora, el Gobierno intenta mostrarlo activo y contenido, pero incluso en el oficialismo admiten que su margen de maniobra se redujo al mínimo. Según la información publicada, cerca del Presidente reconocen que Adorni tendría apenas unos días para intentar revertir el impacto del escándalo. En otras palabras: no está afuera todavía, pero el clima político que lo rodea ya huele a final.
Más allá de la defensa pública que ensayan Javier y Karina Milei, el problema para Adorni ya no parece limitarse al plano judicial o mediático. El caso empezó a hacer ruido también en una sociedad golpeada por la crisis, con menor tolerancia frente a privilegios, viajes y sospechas de enriquecimiento. Y cuando el costo político empieza a subir, la lealtad interna no siempre alcanza para garantizar permanencia.
Así, la pregunta ya no pasa solo por si el funcionario quedó debilitado, sino por cuánto tiempo más podrá sostenerse. En la Casa Rosada todavía evitan dar por terminado el capítulo, pero el escenario cambió: el “fin” de Manuel Adorni dejó de ser una especulación aislada y empezó a convertirse en una posibilidad concreta.
