
El frente económico volvió a cargarse de incertidumbre. La suba internacional del petróleo por la guerra en Medio Oriente reabrió una amenaza que Argentina conoce demasiado bien: cuando se encarece la energía, tarde o temprano suben los combustibles, aumenta la logística, se recalientan los costos y la inflación vuelve a meterse en toda la economía. Con el Brent moviéndose por encima de los US$100 y llegando a tocar niveles cercanos a US$117 en estos días, el escenario global ya cambió.
En ese contexto, el Gobierno intenta sostener una idea de estabilidad, pero cada vez aparecen más dudas. El dólar oficial minorista en Banco Nación cerró en $1.420 este 31 de marzo, mientras el blue rondó los $1.425 y el CCL se movió cerca de $1.480. La brecha sigue contenida, pero el mercado ya empezó a mirar con más atención si ese equilibrio podrá aguantar en un escenario internacional más hostil y con mayores presiones sobre reservas, precios y expectativas.
El problema es que el combustible no impacta solo en el surtidor. Empuja el costo del transporte, la distribución de alimentos, la producción industrial y la cadena comercial completa. Por eso, aunque el aumento de la nafta pueda parecer acotado al principio, su efecto se derrama rápido sobre el resto de los precios. El propio Gobierno decidió frenar para abril una suba del impuesto a los combustibles para tratar de amortiguar el golpe, mientras desde YPF admitieron que el conflicto externo ya tiene impacto sobre sus precios. Eso revela algo simple: el problema existe y ya está en la mesa.
A eso se suma otro factor delicado: las expectativas. El último REM del Banco Central proyectó para marzo un dólar promedio de $1.429 y para diciembre de 2026 un tipo de cambio de $1.707, mientras la inflación mensual esperada para marzo se ubicó en torno al 2%. Pero esas proyecciones fueron relevadas antes de la profundización más reciente del shock petrolero. Es decir: el escenario base con el que venía trabajando el mercado ya quedó bajo revisión.
Por eso, más que discutir si viene o no un rebrote inflacionario, la pregunta pasa a ser de qué magnitud será y cuánto podrá contenerlo el Gobierno. Si el petróleo sigue alto, si el dólar deja de quedarse quieto y si las empresas empiezan a cubrirse por las dudas, la presión sobre los precios parece difícil de evitar. En una economía tan sensible como la argentina, el traslado puede no ser inmediato, pero suele llegar. Y cuando llega, pega en lo más cotidiano: nafta, alimentos, transporte, tarifas y consumo.
El Gobierno entra así en una zona incómoda. Necesita mostrar control justo cuando el mundo empuja en sentido contrario. Y en ese cruce entre dólar, petróleo y precios, la sensación es cada vez más evidente: la estabilidad que intentaba exhibirse luce mucho más frágil de lo que parecía hace apenas unas semanas.
