Memoria de una cobertura bisagra para el periodismo argentino

Exjefe de la Sección Policiales de la agencia Télam, Gustavo "Chapu" Scalcini, fue uno de los periodistas que más tiempo permaneció en Dolores para la cobertura del caso Cabezas. Sus crónicas y reportes desde allí fueron un insumo clave para todas las redacciones del país.

El texto que sigue -fragmentos de un clima de época y descripción de una cobertura que marcó un punto de inflexión para la prensa argentina- fue escrito por Scalcini en octubre de 2016 para el libro que publicaría al año siguiente su colega Gabriel Michi:

La tormenta de Santa Rosa había llegado puntual a Dolores. El domingo 30 de agosto un temporal de viento y lluvia se abatía en la ciudad, donde periodistas, reporteros gráficos, camarógrafos, técnicos de la televisión y choferes de móviles creían haber logrado una jornada de descanso tras seis mes y días de intensa cobertura del caso.

A esa altura, todos sabían que no se trataba de una guardia periodística más. La misteriosa desaparición de anotadores con apuntes del caso, llamadas a los celulares en las que se reproducían diálogos realizadas horas antes, merodeo de vehículos jamás vistos en la zona, reacciones intimidantes de sospechosos, lobby en el gobierno nacional para salvar a Alfredo Yabrán y advertencias de prevención reiteradas por los responsables de los medios, eran más que evidencias.

La agresión sufrida por la hermana del enviado de Canal 13 Antonio Fernández Llorente en Buenos Aires con una clara advertencia –que para su protección fue relevado por Mario Markic- y el cuidado que aconsejaban los investigadores del caso ante los intereses que se estaban afectando, elevaron significativamente el nivel de alerta.

No obstante, los trabajadores de prensa aceptaban las reglas de juego y no se amilanaban ante potenciales riesgos porque estaban convencidos de que el asesinato de un colega significaba una amenaza descomunal no sólo para el futuro de la comunicación social del país sino que afectaba directamente al sistema democrático.

El nivel de estrés al que estaban sometidos los periodistas era atenuado con largas sobremesas de las cenas en las que algunas bromas matizaban los comentarios de las novedades de avances y retrocesos de la investigación. Era la oportunidad de relajar las tensiones para lograr descansar.

Uno de esos momentos reparadores fue el que se vivía durante los primeros minutos del lunes 1 de septiembre en el pub Barroco, cuando Oscar Balmaceda, enviado especial del diario La Nación, resolvió irse primero a dormir al hotel Plaza, situado a la vuelta, en la misma manzana.

Instantes después, la puerta del bar se abrió de golpe y, como si se tratara de una película de suspenso, un relámpago iluminó al "Negro" Balmaceda que, mojado por la lluvia, con su rostro desencajado y con la respiración agitada que apenas le permitía hablar, exclamó: "¡¡Se entregó Ríos!!".

-¿¿¿¿¿Dónde??????- preguntó un coro desesperado.

-En la brigada, según dejaron dicho en la conserjería del hotel- respondió gambeteando el ahogo como pudo "El Negro" Balmaceda, en un acto de solidaridad resaltable para un periodista que no se guardó la primicia.

En segundos, un tropel se abalanzó hacia la puerta del local volteando sillas y banquetas. En la calle la inclemencia del temporal no evitaba que los fotógrafos corrieran armando sus equipos, los técnicos de la televisión se desesperaban por llegar a sus móviles estacionados en las inmediaciones y los cronistas se montaban a cuanto vehículo ya había arrancado hacia la Brigada de Investigaciones, situada a unos mil metros.

La Brigada estaba en una oscura cuadra que en minutos se iluminó como nunca con los reflectores de la TV. La guardia periodística comenzó a organizarse en pocos minutos bajo la persistente lluvia y ante la confirmación policial de que Gregorio Ríos, el jefe de la custodia de Yabrán, ya estaba preso.

Los partícipes de la cobertura comenzaron a guarecerse de la tormenta cuando vieron llegar el Ford Taunus amarillo con techo vinílico de Lucho, el dueño de Barroco, que esquivaba los móviles y quedó estacionado cerca de los cronistas.

Lucho y su bartender, Betiana, bajaron del auto con una botella de whisky, un balde de hielo y una pila de vasos en sus manos.

"No podía dejar que mis selectos clientes y amigos dejaran sus copas por la mitad en mi bar", dijo Lucho, ante la carcajada generalizada de los presentes por semejante gesto. Inmediatamente comenzó a servir y convidar.

Esta fue la situación por la cual en medio de un ramillete de micrófonos y grabadores que apuntaban al abogado Jorge Fiscalini, defensor de Ríos, esa madrugada apareció tintineante un vaso de scotch on the rocks.

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