Hundirse para salir a flote y colgarse la medalla, la historia de Alperín y la apnea

(Por Néstor Llidó) Como una contradicción al refrán popular, Alejandro Alperín pudo salir «a flote» cuando más tiempo permaneció «hundido», ya que afectado por la Covid-19, su vida corrió serio riesgo, le generó una grave afección de salud, y en su tratamiento de rehabilitación encontró en la apnea una actividad que se transformaría en una práctica deportiva.

«De no tener certeza de saber si podía volver a caminar, a valerme por mis propios medios, llegué a este presente donde le pongo todo la fuerza de voluntad», contó a Télam este diseñador industrial de 52 años, casado y padre de dos hijos, que se inició en la apnea competitiva en piscina, una disciplina subacuática que en pocos meses de aprendizaje lo llevó a intentar participar en torneos a nivel local.

Esos primeros logros, a modo de «desafío», lo animaron a la aventura de inscribirse en un campeonato mundial de Indoor Freediving tal como se conoce a este tipo de pruebas.

Como primer representante argentino, viajó a la cita internacional de Apnea en Kuwait y obtuvo tres medallas de bronce en algunas de las competencias que participó: hizo podio en las modalidades de velocidad/resistencia 2×50, 4×50 y 8×50.

«Consiste en recorrer distintas distancias de manera subacuática con una monoaleta y solo pudiendo salir a respirar cada 50 metros», narró sobre sus logros, que estuvieron acompañados por otros récords que consiguió en su categoría Master.

Al margen de lo estrictamente deportivo, Alperín superó algo más que permanecer varios minutos bajo el agua (6.07 de manera estática es su marca personal, por el momento), porque el coronavirus que se contagió en 2022 le dejó como secuela una mielitis transversa inmune, una enfermedad con muy pocos casos a nivel mundial.

La mielitis transversa es una inflamación de ambos lados de una sección de la médula espinal, un trastorno neurológico que a menudo daña el material aislante que cubre las fibras de las células nerviosas y esto interrumpe las señales entre los nervios espinales y el resto del cuerpo, lo que genera dolor, debilidad muscular, parálisis y problemas con la vejiga o el intestino.

«Tuve cinco meses internado, con un diagnóstico incierto sobre si iba a poder volver a caminar. Me sometí a distintos tratamientos con pocos avances, hasta que pude ir recuperando mi movilidad», rememoró este porteño residente en el barrio de Núñez.

Recordó que de la silla de ruedas pasó al andador, «más tarde al bastón canadiense y en esa etapa de la rehabilitación apareció la pileta» y señaló que le recomendaron «el club Ateneo Popular Versailles y ahí arranqué en la escuela Ohana Freedivers, entrenando con Julián Losada y Candelaria Marello, haciendo los primeros palotes, descubriendo este deporte que es el nado subacuático en apnea».

«En este deporte encontré lo que necesitaba para mejorar mi salud física y mental. Y aunque, cuando me decidí a competir, tenía la posibilidad de participar en las pruebas como un ‘para-deportista´, decidí afrontar el desafío de no informar mi condición de discapacidad y hacerlo mano a mano con el resto», resaltó.

Hoy Alejandro entrena en la piscina del Cenard y se plantea seguir creciendo como un competidor «de nivel» en apnea, pese a su condición de amateur, y mientras tanto sigue escribiendo capítulos de su historia de superación, «con el apoyo de la familia, los amigos, que empujan para salir adelante».

En una actividad deportiva «encontré la salida, tanto por la recuperación y rehabilitación en lo físico, como en lo psicológico», reflexionó y resaltó que «la apnea demanda mucha estrategia, además del entrenamiento intensivo; todo tiene un significado mayor después de haber pasado por momentos tan difíciles».

Sobre su viaje en mayo a Kuwait, tan impensado meses atrás, destacó que «el honor y el orgullo de ser el primer argentino en obtener una medalla en un mundial de apnea en piscina no se puede describir con palabras. Ver la bandera celeste y blanca cuando uno se sube a un podio o simplemente en el desfile previo al torneo es algo increíble y me impulsa a seguir entrenando duro para volver a representar al país en las próximas competencias».

La experiencia Alejandro constituye una de las tantas historias de la pospandemia, de muchos aquellos que se reconvirtieron tras las secuelas que les dejó la Covid-19.

Alejandro Alperín estuvo cinco meses postrado en una cama y ahora continúa su recuperación, mientras continúa trabajando en la comercialización de máquinas para lavaderos de autos y pensando en «hundirse» cada vez por más tiempo en el agua de una piscina, a modo de actividad deportiva y filosofía de vida.